Carta de un desaparecido

Hace tiempo me vi en la necesidad de escribir esta carta a los militantes socialistas. Ahora la hago extensiva a todos los ciudadanos responsables, capaces de defender los derechos humanos. Para mí es duro ver que la tragedia que me tocó morir y la que le tocó vivir a mi familia no han sido suficientes para hacer saltar los resortes sociales y generar protestas. Ha tenido que ser la persecución al juez Garzón la que dispare las alarmas. Habrá que estudiarlo para entenderlo. Pero lo que no puedo hacer es dejar escapar esta oportunidad.

He decidido escribirte en un momento muy importante para mí y, aunque quizás no veas la dimensión de todo lo que representa, también para ti. El próximo jueves (por el 14 de diciembre de 2006) va a debatirse en el Congreso de los Diputados la Ley de Memoria Histórica. No sabes la alegría que me ha producido esa noticia en medio de este otoño húmedo, con el que llevo tantos años conviviendo, el del olvido.

Me produce alegría porque llevo mucho tiempo esperando a que alguien me represente en ese Parlamento. Desde el 20 de noviembre de 1975 esperaba que ocurriera algo así. Mientras gobernaba la UCD no tenía muchas esperanzas, a pesar de que mi mujer, o mi viuda, cobrara en 1979 y por primera vez una mísera pensión por mi muerte, cuarenta años más tarde de que empezaran a cobrarlas las viudas de los franquistas y sin que le correspondieran atrasos. Porque esos atrasos que nunca tuvieron fueron retrasos para mi familia.

El día que se aprobó la Ley de Amnistía fue uno de los peores de mi muerte. Ver a los diputados de izquierda diciendo sí a la impunidad para los franquistas que habían asesinado y torturado a miles de ciudadanos me dolió inmensamente. Pero pensé que algún día cambiarían las cosas, y en eso andamos.

La llegada de Felipe González al poder multiplicó mis esperanzas, casi pensé que la tierra se abría ante mis ojos y que iba a poder ver de nuevo las montañas que rodean mi pueblo y a sentir las manos de mis descendientes llevando mis huesos a un lugar menos frío y más digno que esta mísera cuneta que me concedieron mis asesinos.

Los años del socialismo iban pasando, pero mis posibilidades de ver el cielo no aumentaron. Entonces murió mi mujer, sin poder saber qué era lo que me había ocurrido y haber vivido más de cincuenta años con esa incertidumbre y esa angustia. Murió sin poder disfrutar del derecho a la verdad y a la justicia y eso dice muchas cosas de una democracia.

Entonces, en el año 1990 escuché que iba a aparecer una ley para los prisioneros políticos de la dictadura. Y pensé que había llegado el momento de promover la justicia con las miles de víctimas que generó el franquismo en su lucha por mantener los privilegios de la Iglesia católica y de las grandes fortunas españolas. Llegó esa ley pero sólo dieron indemnizaciones a los presos políticos que habían estado detenidos en la cárcel más de tres años. Y mi hermano Eufrasio que estuvo dos años y medio, colgado de los pies hasta dos días seguidos, apaleado mientras la sangre le inflamaba el rostro, y que salió convertido en un hombre con el espíritu molido, que nunca más volvió a ser el mismo, no tuvo derecho a nada. Para mí ese día fue el fin de la esperanza.

Entonces pasó la legislatura de González y apenas si se entregó la nacionalidad a los Brigadistas Internacionales. Y mis esperanzas de justicia, de una pequeña justicia, la justa, se desvanecieron. No quiero ni recordar lo grande que fue mi disgusto cuando el Partido Popular ganó las elecciones. Allí estaban otra vez, maquillados por la democracia pero eran los mismos. Gastaron dinero en exhumar a los Caídos de la División azul en el frente soviético. El gobierno de Aznar financiaba a una fundación alemana para que fueran exhumados los españoles que lucharon junto a Hitler. Y la izquierda del parlamento apenas protestaba.

Los ministros populares asistían en el Vaticano a la canonización de los religiosos “asesinados por los rojos” y nadie se escandalizaba. Ellos hacían su trabajo pero ¿donde estaban los políticos que a nosotros nos representaban o es que no nos representaban?

Uno de mis mayores disgustos fue cuando en noviembre del año 1998 el dictador Augusto Pinochet fue detenido en Londres por la acción de un juez español. Entonces me di cuenta de que yo y los miles de hombres y mujeres que soportamos injustamente el peso de la tierra sobre nuestros huesos y el ruido de las cunetas no existíamos para la sociedad española, para su opinión pública. En esos días me preguntaba qué habría ocurrido para que un pueblo olvidase de esa forma su historia, su propia experiencia colectiva.

En el año 2000 pude ver el primer rayo de esperanza. Cuando me enteré de que un grupo de arqueólogos y forenses había desenterrado una fosa en un pueblo de León. Por lo visto los nietos de uno de los asesinados habían promovido la apertura de la fosa para llevar los restos de su abuelo junto a los de su abuela.

Entonces seguí escuchando que otros nietos buscaban a sus abuelos en otros sitios y para mí fue el principio de la esperanza. Las fosas se abrieron de una en una, sin ayuda del Estado, pero se abrieron. Y esos nietos no han parado. Consiguieron que el 20 de noviembre de 2002 se condenara el golpe de Estado franquista por primera vez en el Congreso de los Diputados. Y se empezó a debatir sobre la Transición y si había sido necesario el olvido de nuestra historia. Unos decían que es que entonces había mucho miedo. Si yo les contara lo que es el miedo, si les explicara cómo se siente uno cuando un grupo de falangistas llaman de noche a la puerta de tu casa y te detienen y tu mujer y tus hijos te miran abrazados, llorando, paralizados por el pánico, y los falangistas te conducen hasta un muro y te insultan y sientes el frío del cañón de una pistola en tu sien y lo último que piensas vivo es en un mundo dominado por esos asesinos en el que tu mujer y tus hijos tendrán que sobrevivir sin un padre de familia que pueda defenderlos. Eso sí es el miedo; y en estado puro. Y si a eso le añades que en las cunetas estamos hombres y mujeres que queríamos más educación, más bienestar para todos, más oportunidades y un Estado laico, pues peor que peor.

Pero vuelvo a lo de ahora, que me interesa porque los muertos, como los vivos, no tenemos nada más que el presente, el de nuestro recuerdo. El jueves 14 de diciembre se debate el proyecto de Ley de Memoria Histórica y el partido al que perteneces pretende que sigamos aquí, que nuestro recuerdo se quede en el ámbito de nuestros descendientes y que nuestro sufrimiento y el de nuestros seres queridos no forme parte de la experiencia social con la que se construye la memoria colectiva.

Tú eres militante del partido que gobierna. Y aunque suene un poco manido imagino que te afiliaste a él porque no te gustaban o no te gustan las cosas que ves en el mundo y prefieres otro mundo más justo. Por eso me hice yo socio de la Casa del Pueblo. Te escribo porque te quiero pedir algo; ayuda. Necesito que me ayudes porque nosotros, los que estamos en estas cunetas éramos como tú y queríamos un mundo justo. Necesito que me ayudes porque el partido que gobierna es en parte tuyo y no de tus dirigentes que se mueven al calor de las encuestas. Necesito que me ayudes porque lo importante no son las siglas ni los cargos, sino las ideas y realmente lo que la gente tiene en la cabeza es lo que transforma el mundo.

Nosotros imaginamos hace 75 años que en España podía existir una democracia y ahí la tenéis. Imaginamos que podría haber educación universal y ya existe. Imaginamos muchas cosas para vosotros y fuimos castigados por empezar a construirlas.

Por eso te pido que utilices tu derecho a participar de las decisiones que toma tu partido cuando gobierna, que utilices esa acción que es tu carné de militante, que empujes y exijas una ley de memoria histórica que por fin haga justicia y que no deje que los gritos de mi mujer y mis hijos cuando me llevaron de “paseo” y todo su sufrimiento caiga en el silencio, caiga en saco roto, caigan en el olvido mientras el causante de todas esas desgracias permanece enterrado en un mausoleo faraónico.

Hay momentos en la historia de un país en que la política puede protagonizar experiencias de gran dignidad y sin duda hacer justicia para los que sufrimos el franquismo es uno de esos momentos. Por eso te escribo después de haber visto en 30 años de democracia que no se escuchaba mi voz y te pido que unas tus fuerzas a las de esos nietos que nos buscan (quizás tú eres uno de ellos) y que presiones a tus dirigentes para que modifiquen ese proyecto de ley y pongan al franquismo en el lugar que merece en la historia. Si te acercaste a la política de tu partido para mejorar la sociedad con letras mayúsculas ahora tienes una oportunidad para hacerlo.

Y si hacéis una ley justa, que extienda a la sociedad nuestra experiencia colectiva, yo me quedaré tranquilo y aunque nunca me encuentren en esta cuneta, que ojalá lo hagan, sentiré que mi vida y mi muerte merecieron la pena y podré hablar a través de los libros de texto, a través de la memoria colectiva y así no estaré tan desaparecido. Te agradezco todo lo que puedas hacer por mí y por los que como yo creímos que la mínima libertad que merece un ser humano es la que tú tienes. Espero noticias tuyas.

(Lo mismo te digo a ti que tienes otro carné o que no lo tienes pero crees en estas ideas que son el código genético de los hechos).

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